El 94% de las reservas petroleras de Venezuela perderán su valor si el mundo se alinea con las medidas propuestas por el Acuerdo de Paris para prevenir el cambio climático. Así apuntan mis estimaciones, en línea con las de otros estudios, evaluando la transición energética global. ¿Cómo se prepara Venezuela para enfrentar esta situación que tocará a nuestras puertas a mediano plazo?, ¿cómo planificar una transición energética que nos ponga a tono con el mundo si Venezuela enfrenta hoy la peor crisis económica de su historia contemporánea? Su población empobrecida sufre los embates de la hiperinflación y colapso económico, sin visos de remitir y de devastadoras consecuencias. La verdad sea dicha: no pareciera existir un plan de transición energética en Venezuela, cuando los problemas son tantos, y cuando además parecieran requerir todos ellos de acciones inmediatas. Pero, desde luego, los riesgos asociados al cambio climático, atribuibles directamente a su impacto, o a la transición económica global para combatirlo, deberán enfrentarse con criterio y con la mayor premura en la Venezuela que querremos reconstruir.

Venezuela se convirtió en un estado fallido, debido, en parte, a la denominada maldición de los recursos naturales y a nuestra imponderable dependencia petrolera y cómo ésta distorsionó la estructura del Estado. Basar en el petróleo la reconstrucción del país nos podría llevar a repetir errores del pasado. Más aún, viendo hacia adelante, los proyectos para levantar la economía del país deben ver en el petróleo una estrategia necesariamente de corto plazo debido a la transición energética global. La faja del Orinoco ya prácticamente carece de valor y pasará a la historia como una leyenda mítica del realismo mágico que nos caracteriza. El Dorado que no fue aprovechado. Esto será irremisiblemente así, a menos que logremos superar de una vez por todas la mentalidad extractivista del conquistador y entendamos que la riqueza no está en los recursos sino en el trabajo. Solo entonces, cuando entendamos al fin que no somos ricos, quizás podamos empezar a serlo.

Mientras los venezolanos estamos enfrascados en una lucha por evitar que a la fuerza se nos imponga retroceder al siglo XIX, el Acuerdo de París y la revolución tecnológica siguen su avance silencioso y supondrá un cambio de paradigma que sitúa a la industria de combustibles fósiles – carbón, petróleo y gas – ante una coyuntura que implica la transformación de sus modelos de negocio y el abandono de estos recursos. Según el reporte del año 2018 del IPCC (Panel Intergubernamental de Expertos para el Cambio Climático), con el propósito de limitar el calentamiento global en 1,5ºC será necesario que las emisiones de carbono a la atmósfera -provenientes mayoritariamente de la combustión de combustibles fósiles – no superen las 550-750 Giga toneladas de CO2. El aumento de la temperatura del planeta está directamente correlacionado a las emisiones acumuladas de CO2 emitido. Para estabilizar el clima del planeta, todos los países tendrán que llevar las emisiones a cero, así como remover activamente emisiones de la atmosfera posiblemente de manera indefinida. Reino Unido y Nueva Zelanda ya legislaron al respecto comprometiéndose a emisiones cero para el 2050. Durante la COP25 en Madrid, este diciembre del 2019, Repsol, la empresa petrolera española, ha sido la primera en comprometerse a tener emisiones cero para el 2050. Repsol sigue así los pasos de otros actores privados que ya se han comprometido a la descarbonización total de sus procesos, incluso en fechas tan cercanas como el 2025. La descarbonización completa de nuestra economía es ambiciosa pero tecnológicamente asequible, y los capitales se están moviendo en esa dirección empujados por políticas públicas que están incorporando los riesgos climáticos en las finanzas.

Dada la realidad imperativa de llevar las emisiones a cero, surge el concepto del presupuesto de carbono, refiriéndose al total de emisiones de CO2 remanentes que pueden ser emitidas antes de una fecha determinada para evitar el aumento global de temperaturas a más de 2 o 1,5ºC a fines del siglo. De acuerdo con las últimas estimaciones para evitar sobrepasar 1,5ºC en el 2100, con una probabilidad de 50%, resta al planeta un presupuesto de carbono estimado de 895GtCO2 con un rango de entre 479 y 1239GtCO2. Esto equivale a entre 12 y 31 años más de emisiones actuales. Las implicaciones de este presupuesto de carbono en la industria de combustibles fósiles se traducen en que aproximadamente dos tercios de las reservas probadas de petróleo mundial no podrán ser quemadas y prácticamente todo el carbón está obsoleto. No obstante, esas reservas que no podrán ser extraídas están incluidas en los balances contables de las empresas petroleras y no reflejan su valor real, pudiendo convertirse en activos depreciados o abandonados. Y mientras esta discusión se desarrolla en los principales centros financieros del planeta, más de la mitad de los países productores de petróleo planifican expandir su producción para apalancar su desarrollo económico. Podemos entonces hablar no solo de activos petroleros depreciados sino de proyectos nacionales depreciados, no son solo reservas abandonadas sino también naciones como la nuestra.

En el mercado petrolero está ocurriendo una competencia inversa a la del siglo pasado. Con más petróleo que demanda futura, cada jurisdicción busca hacer más fáciles las condiciones de explotación para facilitar la producción en su territorio buscando lograr que los últimos barriles que se extraigan en el planeta salgan de su subsuelo. Esta también es la estrategia de Arabia Saudita. El reciente paso a la apertura en mercados de capitales de Saudi Aramco, su empresa petrolera, devela una estrategia más amplia de transición económica en el país. Saudi Aramco, poseedora de los petróleos más ligeros y fáciles de explotar, busca ser el último gigante petrolero en abandonar la industria y que la última gota de petróleo extraída sea Saudi. Cualquier propuesta para el sector hidrocarburos venezolano tiene que entender a cabalidad las tendencias globales del mercado energético y su rápida transformación. La única manera de atraer inversión al país será colocando condiciones muy favorables, dado el contexto de mayor competitividad en la que ahora se mueve la oferta de petróleo, la reducida demanda y el reducido apetito de los inversionistas por el sector hidrocarburos. Para Venezuela, será todavía más difícil competir en este mercado sobreponiendo el riesgo inherente a la inestabilidad que existe y probablemente permanezca en el país por décadas, dado el total colapso que estamos viviendo y la dificultad que tendremos de construir institucionalidad y seguridad.

En Venezuela, sigue pendiente la tarea de la diversificación económica y de lograr salir de la eterna trampa que pareciera impedir a los países productores – con muy pocas excepciones – de convertir la riqueza que proviene del petróleo en riquezas de otra naturaleza, intangibles como conocimiento y tecnología propia, por ejemplo, y traducirlas en bienestar sostenible para su población. Retomar la senda del desarrollo sostenible requiere grandes esfuerzos y la búsqueda de nuevos paradigmas. Al imaginar una salida de la crisis actual, la solución inmediata y de corto plazo es apalancarse en nuestro recurso tradicional, el petróleo. Sin embargo, debemos hacerlo de una manera radicalmente diferente, entendiendo, en primer lugar, que el mercado petrolero futuro está extinto y, en segundo lugar, que la diversificación no es algo que hay que sembrar con riqueza petrolera, sino algo que tiene que crecer orgánicamente y con fuerza propia.

En el caso venezolano hemos escuchado repetidas veces que tenemos las reservas petroleras más grandes del mundo. En efecto, es así; sin embargo, es imperativo que toda la población y la clase política venezolana entienda que la mayor parte de estas reservas petroleras carecen de valor. Nuestras reservas se concentran en la faja del Orinoco. El 86% de las reservas venezolanas son de crudos extrapesados, y del total de reservas solo el 4.2% tienen proyectos andando que le permiten ser explotadas. El petróleo extrapesado requiere mayor inversión y es probadamente más contaminante (por ejemplo, el petróleo Hamaca producido en la faja fue rankeado el cuarto petróleo más contaminante de 30 que fueron estudiados, ya que se considera que alcanza emisiones de 750 kg CO2eq por barril, mientras que los petróleos ligeros y medianos tienen emisiones estimadas de 371 kg CO2eq por barril). Todo esto hace que la explotación de nuestras reservas probadas en los escenarios futuros de demanda reducida sea altamente riesgosa.

En el gráfico se muestra una aproximación de los presupuestos de emisiones de CO2 que resta al planeta entre 2019 y 2050 para que con 50% de probabilidad no se excedan las temperaturas límite del Acuerdo de Paris, 2ºC (en gris) y 1,5ºC (en amarillo). También muestra las emisiones que se producirían si se quemasen las reservas probadas de Venezuela (en azul) y las que ya están comprometidas en proyectos de desarrollo (en verde). Si quemamos el total de las reservas probadas de Venezuela, esto produciría 221 GtCO2 emisiones equivalentes al 64% del presupuesto de carbono que le queda al planeta para no sobrepasar 1,5ºC de calentamiento y 24% del presupuesto de carbono para no sobrepasar 2ºC. Las reservas venezolanas que ya están comprometidas en proyectos de desarrollo, de ser quemadas producirían 8.4 GtCO2, representando 2.4% del presupuesto de carbono de 1,5ºC centgrados y 0.9% del presupuesto de 2ºC.

Presupuestos de Carbono 2 y 1,5 grados centigrados
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Dado el colapso de la producción venezolana en los decenios del chavismo, pasando de aproximadamente 3.4 millones de barriles diarios que producíamos en 1998 a los apenas 700 mil barriles diarios producidos en el mes de septiembre de 2019, bajo los actuales niveles de producción le tomaría a Venezuela más de 300 años liquidar sus reservas. Para calcular cuántas reservas venezolanas podrían quedar depreciadas o abandonadas, decidí asumir que el país lograría un ambicioso plan de recuperación de mercado y la producción petrolera alcanzaría los niveles previos al 2014, con una cuota de 2,5% de la producción global. Luego, siguiendo las estimaciones de producción petrolera global del IPCC, en un mundo que alcanza la meta de no superar los 1,5ºC, el mercado global de petroleo en 2050 será de 50,59 millones de barriles diarios aproximadamente. Bajo estos escenarios supuestos, Venezuela, de acuerdo con mis estimaciones podría producir cumulativamente 20.050 millones de barriles hasta el 2050, lo cual representa solo 5,9% de sus reservas. Esta producción podría venir potencialmente de todas las reservas que ya están siendo desarrolladas y solamente 7.000 millones de barriles de nuevos proyectos no desarrollados, posiblemente provenientes de crudos más ligeros. Bajo estos estimados, el 94.1% de las demás reservas perderían su valor y quedarían bajo tierra. McGlade y Etkins en 2018 estimaron que el 95% de las reservas extrapesadas y el 99% de los recursos minerales de Venezuela son inviables económicamente.

Con una demanda global de crudo reducida, también habrá demanda reducida de sus productos. El margen de ganancia de las refinerías podría reducirse en 50% para el 2035. Tanto las refinerías nacionales como las internacionales que pertenecen a PDVSA tienen operando más de 60 años. En 2017, las refinerías en Venezuela estaban operando solo a un 30% de su capacidad; todas requerirían inversiones significativas para recuperar su capacidad productiva completa. Las refinerías internacionales que posee PDVSA bien podrían justificar esa inversión adicional, pues particularmente las de la costa oeste de Estados Unidos, aún en manos de Citgo, permitirían garantizar un mercado para el crudo venezolano. Sin embargo, con nuevas regulaciones, como la que se prevé impondrá la Organización Marítima Internacional y entrará en vigor a partir de 2020, que exige un contenido reducido de sulfuro en los combustibles de transporte marítimo, los crudos extrapesados de Venezuela, típicamente de alto contenido de sulfuro necesitarán tratamientos adicionales. Dado los niveles de deuda nacional y de PDVSA y el poco prometedor negocio de refinación, podría ser una estrategia viable vender algunas de las refinerías antes de que pierdan aun más su valor dada la reducida demanda de combustibles que se espera.

Venezuela tiene que cambiar radicalmente el discurso de desarrollo nacional, eliminando los subsidios fósiles, priorizando industrias no intensivas en energía fósil y diversificando la economía. La generación eléctrica y una red robusta que alterne los recursos hídricos con renovables son prioridad, así como ha de serlo la seguridad alimentaria y nuevas infraestructuras de transporte sostenible. Quizás sea posible hacer del sector de hidrocarburos una palanca breve que nos permita salir de lo peor de la crisis. Esto implicaría una oferta extremadamente competitiva para atraer inversión, vender los activos más riesgosos, aquellos que perderán valor en la transición energética rápidamente, y concentrarse en los crudos ligeros. Esta estrategia implicaría aumentar la producción rápidamente para recuperar la fracción del mercado, pero deberá estar complementada con una negociación cercana con la OPEP para evitar una situación de competición rapaz en donde los saudíes decidan dejar por fuera del mercado cualquier aumento de producción venezolana.

Las futuras generaciones de venezolanos se preguntarán cómo fue posible dilapidar los ingresos de PDVSA y a la par causar 1,15% de las emisiones acumuladas del planeta sin pagar por ello. Como país petrolero, hemos contribuido a generar una externalidad en el mercado energético, las emisiones de CO2 con impacto en la estabilidad del clima global y la calidad de vida del resto de las generaciones que vivirán en el planeta, todo esto sin haber invertido o creado alternativas de riqueza. Detallar todas las vías que Venezuela pudiera emprender de ahora en adelante, en el marco de un mundo globalizado y sometido ya a las secuelas del cambio climático, es nuestra tarea. Por los momentos, es relevante evaluar las implicaciones que tendrá a mediano plazo los activos en reservas petroleras que tendrán que ser abandonados. Estamos en un punto de la historia de nuestro país, citando a nuestro querido maestro Carlos Cruz-Diez, en que “en Venezuela hay que inventarlo todo”.

Imagen: Kipupress

Simonetta Spavieri
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