Bajo un título, que intenta hacer honor a nuestro literato José Rafael Pocaterra, quien vivió y narró la oscura época del atraso y la dictadura en la Venezuela del siglo XX, se realiza este ejercicio de prospectiva que puede pertenecer al campo de la imaginación o de la política. Depende del punto de vista del lector. De cualquier forma, para aquellos que nos preocupamos por el país y tenemos una vocación de servicio por la sociedad venezolana, estoy seguro que será útil. Además ¿No es el deber de los propios ciudadanos señalar hacia donde podemos ir? Ese futuro posible que se puede alcanzar, no es exclusivo de los académicos o políticos de profesión. Todos tenemos la capacidad de imaginar algo diferente. Esto bajo un contexto dictatorial puede ser otro acto de rebeldía más. Para mí la libertad empieza en las ideas. Comencemos.

Estamos situados en el año 2018. Luego de una serie de eventos impredecibles, pero no imposibles. Se inicia un largo proceso de transición en Venezuela. A pesar que la figura del dictador está ausente. Las secuelas del pranato, el narcotráfico, la corrupción y el clientelismo siguen presente. La economía aún resulta paupérrima; y la emigración, acompañado de campos de refugiados en las fronteras con Colombia y Brasil se mantienen. Todo parece poco alentador. Los pesimistas creen que solo es cuestión de tiempo, para que otro populista civil o militar tomé el control del país y continúe el deterioro.

Sin embargo, en el interior de la sociedad venezolana, no todo pinta tan gris. Los largos años de escasez, hambre, miseria y enfermedad, marcaron a una generación que bajo el típico lema, pero no por eso poco transcendental de “Nunca más”; se apresuran a configurar un nuevo país. Las iniciativas de solidaridad, que se iniciaron en el año 2015 y 2016; para la década de 2020 se establecen como redes orgánicas con una capacidad de incidencia y comunicación, que supera los mecanismos de gestión oficial. Aquí nace una nueva forma de institucionalidad más abierta y colaborativa.

La inversión al país no tarda en llegar, pero bajo un nuevo esquema. Los primeros arriesgados en invertir es la diáspora distribuida por el mundo. A través de plataformas de crowdsourcing y crowdfunding financian oportunidades de estudio y desarrollo para niños y jóvenes, que ubican mediante la Open Data en función de sus necesidades y aspiraciones. Los exiliados más afortunados económicamente, se asocian para la creación de nuevas empresas e industrias.

La publicidad consciente o inconsciente que cada venezolano hace en el exterior sobre esta reconstrucción, empieza a llamar la atención de otras organizaciones e iniciativas en América Latina, Europa y Asia. Todos quieren ayudar. Participar en el desarrollo de Venezuela, se vuelve una moda. Una oportunidad, que los líderes políticos y sociales en el país no desperdician, para impulsar planes de fortalecimiento de las instituciones, disminución de la violencia y formación de una cultura democrática. Al final se empieza a formar una suerte de Plan Marshall para el país, pero de forma colaborativa y abierta, donde participa desde un activista por los Derechos Humanos en Praga, la Municipalidad de Lima en Perú o la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional.

Sin embargo, esto no es todo lo que pasa. Entre el crecimiento poblacional y la diáspora regada en los cuatros costados del mundo. La gobernabilidad presenta cambios que inician a través de los gobiernos locales. Los nuevos alcaldes y consejos municipales estrechan relaciones con otras localidades de América Latina, gracias a la emigración y las redes sociales. Se generan alianzas para construir agendas de Open Government y Small Cities.

En los próximos 30 años a partir del 2025, se formaran 5 megas ciudades; Caracas, Maracaibo, Puerto Ordaz, Valencia y Barquisimeto; cada con una población superior a los 7 millones de habitantes y un peso político importante para América Latina gracias al trabajo de los venezolanos en el exterior. Mientras tanto debido al envejecimiento de nuestra población y los cambios en la movilidad de las personas. Venezuela será un país de tránsito y permanencia de millones de personas, que atraídos por la reconstrucción de un país, que llegó a tener la ciudad más violenta del mundo y en una generación se convirtió en el símbolo de la resiliencia a nivel mundial, quieren saber cuál es el secreto del milagro venezolano para aplicarlo a otras regiones del planeta.

La memoria colectiva de los oscuros años de principios del siglo XXI, no se borran tan fácilmente. Los monumentos de los llamados héroes de 2014 y 2017 se erigen en las principales ciudades del país. Siguiendo los parámetros de Europa en la preservación de la historia reciente, a través de los Museos sobre el Holocausto. La sociedad venezolana se encarga de formar recintos, donde las nuevas generaciones conozcan sobre los métodos de control con bolsas de comida, que utilizaron con sus padres y abuelos. También existen réplicas de celdas del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) y las armas utilizadas durante las épocas más dura de la represión. El museo más grande sobre estos tétricos años está ubicado en el remodelado Helicoide, en Caracas.

Para 2083, en el marco del tricentenario del nacimiento de Simón Bolívar, se celebra que por primera vez los ingresos no petroleros, representan más del 60% de nuestro PIB. Cambiar la mentalidad del rentismo y la salida fácil de depender ante cualquier vicisitud de los ingresos del petróleo, no fue sencillo de transformar. Se tardó más de 40 años, pero las convicciones de una población decidida a emprender un camino con mayor autonomía, rindiendo sus frutos.

De igual forma, para esa década, la redistribución de las industrias y el sector público concretaron el cambió físico de las grandes ciudades. Los hacinamientos en ranchos y urbanismo de mala calidad son eliminados. Las grandes barriadas del pasado en los cerros y zonas marginadas, ya no están habitadas, ahora son espacios que se utilizan para la agricultura urbana con la finalidad de buscar mayores oportunidades de abastecimiento de alimentos.

Paras esas fechas de la década de 2080, los ancianos, que no son pocos ya que la esperanza de vida se encuentra entre las más altas del mundo; todavía narran las historias de represión y escasez de la época de Hugo Chávez y Nicolás Maduro; así como los grandes retos que enfrentaron, cuando se presentó el cambio en el país. Los niños incrédulos ante los horrores de esos cuentos de viejos, siempre preguntan cómo pudieron resistir y llegar a construir algo a partir de la nada y el caos ¿Cuál fue el secreto? La respuesta que siempre dicen los ancianos es la misma: “La voluntad de un pueblo que no perdió la esperanza de conquistar la libertad y decidir su destino”.
Aún en el medio de la penosa situación en la que nos encontramos en esta Venezuela del 2018, mientras nuestras ideas y aspiraciones por otro tipo de mañana, no mueran, no solo todavía habrá esperanza; sino que existirá la posibilidad real de construirlo. No dejemos de imaginar y prepararnos para el día después de la dictadura, ya que apenas ese será el inicio de nuestro prometedor futuro.

Imagen: El Estímulo

Carlos Carrasco
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Licenciado en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. Estudiante de la Maestría en Historia de las Américas. Director de la Asociación Civil Caricuao Propone. Representante por Venezuela de la Red Latinoamericana de Gobernabilidad. Miembro de la Red de Jóvenes de las Américas. Profesor de la cátedra Identidad, Liderazgo y Compromiso. Diplomado en Gobernabilidad, Gerencia Política, Gestión Pública. Ex-dirigente estudiantil.

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