Las generaciones responsables de impulsar los cambios que se requieren en la Venezuela actual, fuimos formados en el marco de los valores democráticos. Desde el abuelo, que nos narra las condiciones de la que debió ser la última dictadura de nuestro país, hasta el joven dispuesto a participar en la construcción de su futuro, todos entienden la importancia de la democracia, o creen entenderla.

En Venezuela, hemos pasado por casi todas las formas de democracia: Democracia representativa, democracia participativa, democracia directa; y sin embargo, en algún punto de nuestra historia contemporánea, deformamos el significado real de ésta forma de organización social. La participación ciudadana, pilar fundamental de la democracia, pasó a ejercerse exclusivamente en los eventos electorales, y la discrecionalidad con la que los actores políticos tomaban las decisiones entre cada elección, dio paso a una demagogia institucionalizada que, finalmente, derivó en un desencanto generalizado hacia el sistema político. Me refiero, a la crisis de representatividad de los partidos políticos, de la cual se apalancaron algunos actores insurreccionales que emergieron con un discurso polarizador, una dinámica populista y una práctica clientelar, que poco a poco, fueron construyendo el sistema de control político que ahora nos domina.

Pero, en líneas generales, la conformación de castas políticas, las posibilidades de manipulación electoral y la fragilidad de la institucionalidad, arrojaron resultados similares en la región, por lo menos, desde la percepción de la participación ciudadana.

Los políticos son unos arribistas, unos chupópteros y unos parásitos; son unos aprovechados que viven de espaldas a la realidad; no tienen ni idea de qué necesita el ciudadano de a pie; podrían hacer las cosas mucho mejor. Estas son expresiones muy manidas usadas a diario por los populistas. Según su diagnóstico, la crisis de la democracia es, en primer lugar, una crisis de las personas que se dedican a la política. De acuerdo con este argumento, los actuales gobernantes constituyen una élite democrática, una casta totalmente ajena a las necesidades y anhelos del pueblo llano. Por eso no extraña que la democracia esté atravesando un periodo oscuro. (Van Reybrouck, 2017)

Pero, el desapego con el que la ciudadanía concibe el mundo político, no sólo ha derivado en los sistemas de gobierno que dominan la región, sino que también, ha propiciado que los ciudadanos se enfoquen en la especialización de las áreas de interés que impulsan sus vidas, motivados por el desarrollo personal y una dinámica social que evidencia el impacto que pueden generar. De este modo, empezamos a concebir el emprendimiento personal, la comunicación en redes, la construcción social del conocimiento, pero también, empezamos a proponer, a organizarnos, a innovar, sin detenernos a esperar una orden, un consejo o una línea de acción. De repente, los resultados superaron las expectativas, y ahora, las fronteras de lo posible no se limitarían a nuestra formación académica. Empezamos a preguntarnos y proponernos ¿Cómo podemos transformar el mundo?

Esta interacción, que acerca las decisiones a la ejecución, y que se caracteriza por no depender de la deliberación para ejecutar las propuestas, fue descrita por los ensayistas Alexander Bard y Jan Söderqvist como pluriarquía o plurarquía, para exponer el proceso de decisiones en: “La netocracia: el nuevo poder en la red y la vida después del capitalismo” (2002)

Entonces, ¿las redes distribuidas no tienen forma política de organización? No, lo que ocurre es que estamos tan acostumbrados a vivir en redes de poder descentralizadas, que confundimos la organización de la representación con la organización de la acción colectiva. La perversión de la descentralización ha llegado a tal punto que «democracia» se ha convertido en sinónimo de elección de representantes, es decir de nodos filtro… En este sentido, toda red distribuida es una red de iguales, aunque haya nodos más conectados que otros. Pero lo importante es que, en un sistema de este tipo, la toma de decisiones no es binaria. No es «sí» o «no». Es «en mayor o menor medida».

Alguien propone y se suma quien quiere. La dimensión de la acción dependerá de las simpatías y grado de acuerdo que suscite la propuesta. Este sistema se llama pluriarquía… (De Ugarte, 2005, pág. 42)

Éste sistema de promoción de acciones, se fundamenta en la capacidad de los actores para decidir sobre sí mismos y no por los demás. Se mide el nivel de aceptación de las propuestas, pero no su aprobación, por lo que, las propuestas se ejecutaran en mayor o menor medida. Sin embargo, la plurarquía no conquista acuerdos cuando se producen diferencias de opinión, como sí ocurre en la democracia, al decidir a partir de la imposición de las mayorías sobre las minorías, en cambio, la plurarquía fomenta la consolidación de consensos en torno a las propuestas más aceptadas.

Pero tranquilos, no nos asustemos aún. La plurarquía no se trata de una forma de instrumentalización de la anarquía, llamada a destruir las pocas instituciones y gobernanza que nos quedan, tampoco pretende sustituir el andamiaje jurídico para la toma de decisiones en la burocracia empresarial, o en el centralismo democrático de los partidos políticos. Se trata más, de una forma de comunicación sustentada en los resultados obtenidos, una forma de promoción de acciones, inspirada en la viralidad de contenidos mediante las redes sociales. De hecho, un ejemplo de su implementación, pudieran ser los youtube challenges, desde los que se promocionan retos para “hacer” actividades, de igual o mejor manera que la que le precede por streaming.

Ahora ¿Pudiéramos imaginar las dimensiones de los resultados que se pudieran alcanzar mediante la implementación de la plurarquía? Posiblemente pasemos de la consigna de “Cuestiónalo todo, piensa por ti mismo” a “Evalúalo todo, hazlo por ti mismo”. Y eso genera participación, y a su vez, la participación fortalece la democracia. Estaríamos hablando entonces, de cómo la generación millennial transformó el mundo ¡Vale la pena intentarlo!

Imagen: Fundación Civil

Max Suárez D'Addario
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Coordinador de campo en estudios de mercado y opinión pública y analista organizacional de forma independiente. Estudió Sociología en la Universidad Central de Venezuela. En la política venezolana militó en el Partido Bandera Roja y fue cofundador del movimiento de Redes Disidentes y del movimiento Democracia, Sociedad y Desarrollo.

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