Hace poco Slavoj Zizek decía que era un momento para pensar un nuevo pacto internacional. Desde hace unos días en diálogo con Irene Valitutto, urbanista y arquitecta, doctorante de Paris I Patheón-Sorbonne nos estamos preguntando acerca de la pertinencia de una cuarentena en países sin Estado de Bienestar. Nos preocupa desde el principio la situación de la economía informal y lo que la cuarentena va a implicar en términos de empleo y aumento de la pobreza.

Al mismo tiempo, como ambos somos extranjeros en Perú, hemos estado pensando lo que el cierre de fronteras implica para nosotros, compartiendo una sensación de claustrofobia en dos sentidos: Primeramente, el encierro en nuestros propios lugares de residencia, pero al mismo tiempo, la dificultad, y en algunos casos imposibilidad, de irnos a nuestros países.

Saúl: ¿Qué fue lo primero que te preocupó cuando se tomaron las medidas de la cuarentena?

Irene: Tuve muchas reacciones contrapuestas frente a esta medida. Me pareció una decisión tomada teniendo en cuenta principalmente a la clase media y alta (como siempre) que puede trabajar de su casa. Es una decisión que no toma en cuenta el alto porcentaje de trabajo informal (en América latina), ni tampoco la realidad de los trabajadores que necesitan de su presencia física para obtener el sustento diario. Creo que el “quedarse en casa” no tiene para todos el mismo sentido y valor, y que esta medida acentúa así una diferencia social, de género (hay muchas mujeres que sufren violencia doméstica, o que tienen que hacerse cargo del cuidado de los niños por ejemplo quedándose en casa) y de clase (¿cómo quedarse en casa sin servicios básicos, como agua y electricidad?). Esta misma diferencia sigue fragmentando la sociedad mientras se le pide un acto de “solidaridad” (así lo llaman los discursos políticos en las redes sociales). Por un lado me pareció un acto de una violencia inusual para el siglo XXI, incluso hasta me llegó a sugerir el recuerdo de otras infelices épocas, con los militares en las calles. Pero, por el otro lado, me pareció también la única medida de prevención que logramos imaginar. Quizás necesitamos una reflexión más profunda sobre una alternativa.

Saúl: Creo que como el virus no discrimina y los profesionales de la salud dicen que la cuarentena es la única medida efectiva, en los sectores más vulnerables habría que llevarla a cabo pero con unas garantías sociales que un Estado como el peruano no logra implementar. Es interesante lo que dices sobre el género. Así como el Estado tiende a tomar medidas homogéneas para una sociedad heterogénea y desigual, también parte de la premisa de que los ciudadanos están seguros en sus casas, cuando hay miles de mujeres y niños que viven en los espacios domésticos todo tipo de violencia y abuso. Tendríamos dos escollos a resolver. Cuarentena sí, pero con garantías sociales para los que trabajan en el comercio informal, depurando así la visión “clasemediera” del gobierno y casas de cuidado para aquellos que no tienen eso en sus hogares.

Con el permiso de Irene, me voy a permitir confesar la angustia que ambos sentimos con respecto a la pertinencia o inutilidad de nuestras formaciones. Las Ciencias Sociales frente a la Medicina parecían tener poco que hacer frente a esta crisis. Sin embargo, una vez que la medicina y los profesionales de la salud tomaron la decisión de que la única salida es el aislamiento social obligatorio, parece que se quedaron sin respuesta con respecto al costo socioeconómico de paralizar la producción de un país. Allí estamos obligados a decirles, que es imposible mantener a un país aislado del resto y de sí mismo, durante mucho tiempo. Que los alimentos que ingerimos, las medicinas que consumimos y la energía que permite que la vida contemporánea siga su curso (incluyendo el funcionamiento de hospitales y laboratorios) requieren de una compleja red de producción, distribución y consumo. Allí, junto con los profesionales de la salud, debemos generar una sofisticada cultura de la prevención (en vínculo, no aislados) que implique la transformación inmediata de hábitos de socialización y rutinas higiénicas; para poder prevenir sin paralizar por completo la vida social. Por otro lado y no sé si estás de acuerdo, el cierre de fronteras no es un tema menor al que acabamos de mencionar.

Irene: Aunque cerrar las fronteras sea una medida muy abrupta, que también merecería una reflexión distinta. Podríamos decir que el gobierno está enfocando la mirada exclusivamente sobre la estrategia de gestión de crisis. Con la falta de imaginación que nos caracteriza, y que caracteriza un momento de urgencia, elegimos la solución “pensable”. Si ideológicamente este cierre de fronteras es un dar la espalda a los otros que están en nuestras mismas condiciones, es entonces lamentable, pero por otro lado, parece la única manera de permitir una gestión eficaz, si este se vuelve un discurso que procure la descentralización de ésta. Esto otras palabras: dividir el problema en sistemas más pequeños, permite que se pueda gestionar a la escala local/nacional; conociendo sus recursos, su población y su territorio; y con mayor rapidez. O por el contrario ¿Piensas que hay alternativas posibles al cierre de fronteras, que no se vuelvan utopías románticas para enfrentar esta situación?

Saúl: Como sabes yo estoy en contra del cierre de fronteras, porque me parece que “nacionaliza” un problema internacional. Ya las fronteras tienen los suficientes controles e instrumentos de coacción (visado, aislamiento, deportaciones, etc.) para que el cierre sea la única medida. Habría que forzar a compromisos binacionales e internacionales para que los aeropuertos sean grandes corredores humanitarios y sanitarios, donde cada Estado comparta la responsabilidad con el otro. Yo (Perú, Ecuador, etc.) hago despistaje en mi territorio y tú haces en el tuyo (Chile, Argentina, etc.) compartimos camas, respiradores, insumos, etc. Es decir, para mí, el hecho imposibilitar el cierre de las fronteras como la única posibilidad, es forzar la imaginación política a otras soluciones. No estoy hablando de una romántica ciudadanía global y mucho menos de la utópica revolución internacional por venir, solo creo que la ciencia, la técnica y la racionalidad contemporánea permite que el tránsito se mantenga (con controles, que siempre los ha habido y los habrá) cooperando entre los distintos Estados. Si me permites volver a Hegel, esta crisis se supera recuperando la fe en la modernidad (ciencia, técnica, racionalidad, democracia) no contra ella, como los antivacunas, terraplanistas y nacionalistas de nuevo cuño. Si la modernidad es un proyecto inacabado como dice Habermas, la pandemia es una nueva oportunidad para seguir construyendo juntos ese proyecto.

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Irene Valitutto, arquitecta y urbanista, Doctorante CNRS en geografía de la Universidad Paris I -Panthéon-Sorbonne, UMR-PRODIG. Su principal tema de investigación son las políticas de gestión de riesgo y de crisis relacionadas con las políticas urbanas.

Saúl Hernández-Rosales, docente e investigador. Doctor en Estudios Culturales de la Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador. Realizó estudios de maestría en Estudios Latinoamericanos en París III (Sorbonne Nouvelle) y de Licenciatura en Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela.

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