La difícil crisis humanitaria venezolana ha envilecido el temperamento cándido del venezolano. El pasado viernes 22 de marzo, cuando por primera vez le ganamos 3 a 1 a la selección argentina, no pudimos disfrutarlo. El chavismo, que tanto celebra su vileza bailando salsa, ha generado una desazón tal en todos nosotros, nos ha enseñado a privarnos de tener siquiera un ápice de alegría nacional. Cuando Rafael Dudamel al finalizar el partido sale al pasillo de prensa del estadio madrileño, como cualquier otro D.T del mundo, no sale para hablar de la virtud de sus goleadores, de las marcas escalonadas a Messi, no. Anuncia que pone su cargo a la orden, porque el representante de Guaidó en España, al que él mismo llama “embajador”, rompió un código consensuado de confidencialidad. Si coloca su cargo a la orden, uno podría imaginar que está reconociendo una autoridad. En ese sentido, muy probablemente esté reconociendo a Guaidó, pero ese no es para nada el centro de mi interés en este momento.

En el otro lado del Atlántico, el otro Dudamel, también director, pero de orquesta, días previos declaraba que deseaba el fin de la “pesadilla”. Una vez más, recibió insultos y condenas. Queda demostrado que en nuestro martirio, tampoco podemos disfrutar al mejor director de orquesta de la historia venezolana. No podemos aplaudir su Mahler, ni podemos sentirnos orgullosos de su recorrido. El chavismo logró inocularnos la crisis de representación que lo llevó al poder. No hay ningún ícono en Venezuela que nos represente a todos, porque en Venezuela no existe un “nosotros”. Hay “unos” que ostentan todas las virtudes de la condición humana, contra “otros” que detentan toda la ruindad, dependiendo del lugar de enunciación. No hay derecho a ser diletante, a no querer pronunciarse, a arrepentirse y mucho menos a (re)construir comunidad política. El que crea en la reconciliación y en el perdón, es un traidor o un colaboracionista.

Chávez logró que los opositores compraran su lógica maniquea. Su legado, su “siembra”, es la destrucción de la idea de “Res-pública” (aquello que nos une a todos).

En la gramática chavista no hay espacio para los que creen que el Estado no es el gobierno. En la gramática chavista, no hay íconos que nos representen a todos, porque no hay tal totalidad. Ellos son la patria, el amor, la bondad, la lealtad y el “pueblo”. Los “otros” son lacayos de Trump, el odio, la maldad, la deslealtad y los apátridas. Esta gramática es tan poderosa y fácil de asumir para nuestro ethos cristiano, que muchos adversarios de Chávez, han decidido calcarla como su propuesta discursiva.

Polarizar es chavista y anti-republicano. Por esa razón, es perfectamente posible ser un antichavista chavista. Voy en serio. Si para ti Gustavo Dudamel no merece dirigir nunca más en nuestro país, o Rafael Dudamel debe ser reemplazado inmediatamente, estás replicando el chavismo desde otro lugar de enunciación. Puede que prefieras que el petróleo de nuestro país vaya a Estados Unidos que a China o Rusia, puede que prefieras la economía de mercado a la planificada por el Estado, puede que incluso creas en el individuo más que en el colectivo, pero eres anti-republicano.

Cuestión de lugares de enunciación…

Rafael Dudamel fue un brillante portero y capitán de nuestra selección, llevó por primera vez en la historia de nuestro país a la vinotinto a ser subcampeones del mundo en la categoría sub-20 y junto con nuestros jugadores conquistó la hazaña de ganarle a la selección que tiene al mejor jugador del mundo. Cuando Rafael Dudamel habla, no lo hace como cualquier ciudadano común y corriente, lo hace como líder de una institución que vive de las rentas del Estado. Si Rafael Dudamel hablara como ciudadano común y corriente, probablemente dijera lo mismo que cualquiera de los que ahora lo adversan. Pero no. En sus declaraciones reside la posibilidad de que chicos de 15 años, tengan el pasaje para ir a jugar torneos internacionales, chicos que probablemente no tengan otra oportunidad en sus vidas para hacerlo. Hay gente que prefiere que él abandone todo, que como hay crisis humanitaria, que entonces ya esos niños y jóvenes no tengan proyecto deportivo, esa pulsión tanática, comprensible por el dolor que sentimos, no permite horadar futuro.

Gustavo Dudamel, es un eminente músico, fue el director más joven en ganar el premio Mahler. Cuando Gustavo decide opinar, no lo hace en nombre de su número de cédula, lo hace en nombre de centenares de miles de niños que tienen como única posibilidad el presupuesto del Estado para adquirir instrumentos y recibir educación musical. En cualquier país moderno del orbe, estos dos íconos, nos representarían a todos, independientemente de sus posiciones políticas. Pensemos en Argentina: Borges y Maradona, están en las antípodas ideológicas, sin embargo, salvo por algún fanático que le pida a estos dos referentes, más de lo que la condición humana puede dar, son íconos de la nación entera. Pensemos en Alemania, tanto Karajan como Heidegger, abrazaron al nazismo. ¿Están proscritos de la tradición cultural alemana? No, porque ninguno, mató, torturó, enjuició inocentes, ni robó.

Los Dudamel son patrimonio de todos nosotros y les tocó, como a todos los venezolanos, una coyuntura que desmembró el país, precisamente por la narrativa que ahora condena a estos dos líderes. Decía en 1928 José Rafael Pocaterra en las Memorias de un venezolano en la decadencia:

“Estos hombres de 1899, han traído una doctrina de ferocidad. En su incultura, en su concepto primitivo de las cosas, para ellos no existe el adversario político, sino como un enemigo al que deben asesinar, eliminar, envenenar, destruir. Todo es lícito contra el “enemigo”: el enemigo es el malo, el enemigo está fuera de la “humanidad”: debe matársele a palos, a arsénico o a vidrio pulverizado”.

El caso de Pocaterra por ejemplo que pagó cárcel, exilio y tortura, es el de un héroe político y literario, muy distinto a Uslar Pietri, que siempre sintió simpatía por Gómez, fue ministro de Angarita, y vivió el gobierno de Pérez Jiménez sin que Pedro Estrada le tocara la puerta de su casa. Sin embargo, por haber logrado ambos ser virtuosos en la literatura, nos representaban a todos. Así era Venezuela, antes de la narrativa chavista.

Imagen: Fuente externa

Saúl Hernández
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Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos, Universidad Simón Bolívar (Ecuador). Máster en Estudios Latinoamericanos de Universite Sorbonne Nouvelle (París III). Licenciado en Estudios Internacionales (UCV). Consultor Senior CEDAP.

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