Comenzaba a escribir sobre los aprovechamientos de Piñera con la crisis venezolana y también, del foco opositor en Piñera más que en Venezuela, única concordancia en una crisis que solo le trae discordias. Luego, con aires de funcionario diplomático, continuaba pontificando sobre los riesgos del viaje a Cúcuta y de su desconsideración a los opositores.

Pero cayó en mis manos una intervención de Felipe González sobre Venezuela. Estuve entre los millones que vivió con emoción el concierto de Cúcuta. El sábado, conocí de los muertos y heridos, de la quema de camiones con ayuda y de Maduro celebrando su “triunfo”. Eché a la basura lo que escribía. Felipe me dio una clave de socialista honesto. De los que no callan por oportunismo, ni defienden lo indefendible. Como él, nunca en mi vida política, había conocido un dictador tan inmoral y destructor como Maduro, cabeza de un régimen usurpador. Inepto y corrupto, demoledor de la economía, violador de los derechos humanos más elementales y solo sostenido en la punta temblequeante de bayonetas comandadas por sus cómplices. La alternativa de Venezuela no es un golpe de las FF.AA, es que éstas dejen de ser el sostén golpista de un dictador.

El concierto me llevó más allá. Me sentí parte de los cientos de miles que asistían a él y de los millones en todo el mundo, que lo han seguido. La verdad, lo que me importaba no era esa discusión sobre cuál debería ser la “correcta” política de Chile. Si como otros antes, decimos que los pueblos no pueden esperar, pues entonces, Maduro debe irse ya. La destrucción que ha provocado no tiene parangón en América Latina. Estoy más con los artistas y pueblo presentes en Cúcuta, que con los absortos en no molestar a nadie que pueda enojarse y en ser “prudentes”. Ver imágenes de Maduro bailando porque destruyó la ayuda humanitaria, aunque su pueblo muera de bala, hambre y enfermedades, habla de locura y degradación moral.

Y mi rabia va más allá. Maduro sin duda caerá. Dejará asociada por largos años la palabra izquierda con dictadura, con transgresión de toda institucionalidad democrática, con ineptitud en la gestión económica, con violación de derechos humanos, con destrucción de la vida social de una nación, con corrupción. Es un depredador no solo de Venezuela, sino de la izquierda latinoamericana. A ella no la están derrotando Trump o el imperialismo. La demuelen en la mente y corazón de los pueblos Maduro y los que levantan con fuerza la voz, como Luis Fonsi, Juan Luis Guerra, Miguel Bosé, el Puma, Carlos Vives.

Pero ojo, en esto la izquierda no es inocente. Al no condenarlo con voz clara y categórica, ayudó a convertirlo en símbolo de sí misma. Ella ha nutrido así los discursos de Trump y de otros de sus adversarios.

Original de La Tercera

Óscar Guillermo Garretón
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Economista.

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